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Lang may yer lum reek! En memoria de Deborah Cameron

La escritora y lingüista Teresa Moure despide a Deborah Cameron. Teresa Moure es profesora titular de Lingüística General en la Universidad de Santiago de Compostela y Directora del Centro de Investigaciones Feministas y de Estudios de Género (CIFEX) en esa Universidad.

Lang may yer lum reek! En memoria de Deborah Cameron

Querida Debbie:

Hace solo unos días, entregué un original para su publicación y, mientras lo repasaba, antes de dar el clic definitivo al envío, me detuve a releer un fragmento donde había mencionado tu nombre y una anécdota que nos has dejado por escrito. Ahora, el haberme detenido precisamente ahí, me parece premonitorio. Contabas que en una entrevista de trabajo algún sesudo catedrático, al leer el título de una de tus obras, Feminism and Linguistic Theory, exclamó asombrado «pero esto es como si hubiese escrito un libro sobre lingüística y jardinería orgánica, ¿no?» Con tu humor afilado añadías que el tal señoro ─dejemos asomar el furor de las calles en mi expresión─ colocaba el feminismo en la misma casilla que el amor libre, ser vegetariana o llevar sandalias. Por simpáticos que sean los tres términos de la comparativa, tu frustración podía percibirse, sobre todo si se continuaba leyendo la frase lapidaria con la que rematabas la estocada: «No me dieron el trabajo». Me reí mucho cuando lo leí por primera vez y luego lo he citado en tantas ocasiones que ya consigo ver la escena dramatizada, como si accediese a un rancio videoclip académico. No creo que te pareciese ridículo empezar precisamente por aquí. Desde luego, las mentalidades cuadriculadas, frecuentes en las universidades, estarán ya insinuando que este no es el estilo propio de una necrológica. Seguramente. Pero buena parte del legado que nos has dejado tiene que ver con descolocar los protocolos para ayudarnos a pensar fuera de los estrechos moldes de la caja.

Un trabajo de Donna Christian y otro tuyo han marcado mi horizonte intelectual para trabajar en una lingüística comprometida. No pretendo sugerir que seáis las únicas en reclamar un espacio para la ideología; simplemente sucedió así. En el caso de Christian, se trataba de conjuntar los recios principios de la teoría lingüística con la máxima marxista de que la cuestión no está en entender el mundo, sino en transformarlo. En el tuyo, el feminismo aparecía como un marco posible donde insertar aquellas frías nociones que nos habían inoculado en la Facultad. Ambas nos alentabais a compatibilizar lo que estábamos aprendiendo con las mochilas políticas que arrastrábamos. Aunque casi no me reconozco en aquella jovencita que, dentro del aula, abandonaba obediente las militancias para aceptar casillas vacías, distribuciones complementarias y principios de funcionalidad, todos ellos carentes de cualquier repercusión práctica, sin duda ella existió. Y hoy es, infelizmente, un día apropiado para hablar de lo que existe y lo que ya no. Podría haber permanecido así, disociada y esquizoide, toda mi vida. Pero, por fortuna, algunas maestras se habían atrevido a transgredir y marcaban una ruta. Gracias, Debbie; gracias de corazón.

A lo largo de estos años, me ha parecido muy significativo cómo unas lingüistas hablan de otras. Porque lo habitual ha sido que ellos callasen, que no mencionasen a sus mentoras ni, mucho menos, a sus compañeras o a sus discípulas. A todas ellas, ni tocarlas –al menos, no en la profusión de nombres de los agradecimientos. Cuando Christine Kenneally asegura que Sue Savage-Rumbaugh, incluso si no es tan popular como Noam Chomsky, pasará sin duda a la historia, me hace sentir parte de un grupo que revisa su propia genealogía. Por eso, me estoy atreviendo a seguir sus pasos. De los grandes nombres de la sociolingüística, ninguno nos ha marcado a la mayoría de nosotras como el tuyo. No es que vaya a hacer rankings para enfrentarte a otros colegas masculinos referenciales, convencida como estoy de que el género es una categoría demasiado sutil para dar por sentado que pertenecemos a este o a aquel grupo. Sin embargo, tus argumentos escondían una capacidad de subversión que también debe considerarse un arma conceptual poderosa en una disciplina donde las diferencias de clase, raza, estatus, edad, condición migrante o extranjería cuentan. Y mucho. 

Cuando criticabas los métodos cuantitativos de Labov, nos recordabas que es práctica habitual establecer una correlación como punto terminal. La frecuencia de [r] se justificaba en ellos porque quien habla pertenecía a un grupo –en tu ejemplo, el de mujeres trabajadoras de ascendencia italiana de más de cincuenta años que viven en Nueva York y se expresan en un contexto particular, como una entrevista formal con alguien que investiga su modo de hablar–. Después de pasar así el escalpelo al análisis, arremetías: ese tipo de explicación es una falacia porque al encerrarse en la idea de que la lengua refleja la sociedad, no está explicando nada. ¿Qué estaría haciendo esa hipotética hablante? ¿Expresar su solidaridad con otras integrantes de su grupo? En tu opinión, las personas difícilmente podríamos tener identidades sociales tan monolíticas y expresarnos en coherencia con ellas. Y ya yo añado que, si las lenguas fuesen el reflejo de identidades previas perfectamente establecidas, dejarían de ser interesantes: mis usos lingüísticos son una parte constitutiva de mi identidad. Aprendimos de tu modo de construir los argumentos, con precisión de orfebre, a combatir los halos de autoridad, a pensar con calma para cuestionar lo que se nos presentaba bien blindado. No se trataba, yendo a otro tema, de si debíamos usar un lenguaje woke, como lo llaman los conservadores, para mostrar nuestra filiación política. Al contrario, al optar por tu higiene verbal nos hacíamos cargo de que nuestro discurso representase lo que realmente queríamos decir, sin acudir a la ruta pautada de los prejuicios sociales, omnipresente en nuestro acervo cultural. Y ahí, radiante, te preguntabas por qué tanta gente muestra resistencia a las campañas contra el lenguaje sexista, racista, homófobo o agresivo con los defectos físicos. ¿Acaso las lenguas deberían dar rienda suelta a todas las formas de odio? A partir de ahí, comenzamos a depurar las expresiones no porque en nuestro corpúsculo estuviese bien visto; nos habías convencido de que nada sucede en el vacío sociopolítico: quien logra promover un cambio será, al final, quien mande. 

No sé lo suficiente de ti para escribir la entrañable nota que me gustaría: breve, contundente y bien informada. Como tema, excedes mis posibilidades. Pero siempre, en esta profesión, hablamos de temas que exceden nuestras posibilidades. No conozco nada suculento sobre tu vida íntima –amantes, maternidades biológicas o sociales, hobbies, si te acompañaban cachorros de otras especies o te gustaba cocinar–. Podría ensayar una necrológica recitando tus puestos en magníficas universidades, pero barrunto, leyendo tu blog, que eso te excitaría los nervios. Sé que has querido ver el lenguaje desde lo dinámico y lo social, atenta a las diferencias y los márgenes, pero también sistemática. En Representaciones del intelectual, Said usa una imagen que siempre me ha seducido. Dice que debemos mantener la frialdad del francotirador antes que el entusiasmo del creyente. Como una verdadera francotiradora, te dedicaste a filtrar excesos, para que no todo lo que dijesen otras lingüistas mainstream se convirtiese en sagrado. Has desarrollado un feminismo fuera de catálogo, meditado y subjetivo, recelando de que los rasgos biológicos basten para componer ese nosotras monolítico que tantas veces se nos reclama y manteniendo el mejor ejemplo de pensamiento situado que conozco en la lingüística contemporánea. Ojalá que las que tanto hemos aprendido contigo, las que nos hemos sentido instadas a intervenir conmoviendo los sólidos pilares de la academia, consigamos que entre los grandes nombres de la lingüística figure también el tuyo. En todas las disciplinas, las mujeres, en cuanto se mueren, suelen ser borradas. Si en vida se les había dejado algún resquicio, después sus nombres son sustituidos por los de otras. Ojalá consigamos que no te mueras; no del todo.

Como lo único íntimo y minúsculo que sé de ti es este nombre de familia que quienes comentaban tu blog usaban, me he apropiado (¿improcedentemente?) de él desde el encabezamiento de esta carta que nunca llegará a destino. No quiero decir “la insigne lingüista escocesa Deborah Cameron ha muerto habiéndonos dejado importantes obras”. No es ese tono descriptivo el que te mereces. Dado que me has enseñado a dejar traslucir la ideología, no voy a ocultar mi interés por las otras lenguas, las de los pequeños pueblos sin estado. Por eso he usado en el título un famoso proverbio escocés: Lang may yer lum reek!, con el significado aproximado de “¡Que tu chimenea arda largo tiempo!”. En la lengua de tu país natal es una salutación desbordante de buenos deseos. Sé que ya no sirve de mucho para ti en sentido estricto, que tu chimenea ya ha ardido, pero me vale para desear tu permanencia; para decir que, allí donde estés, seguirás entre nosotras, hablando desde los libros y desde el ejemplo intelectual. Tu chimenea seguirá ardiendo. Sobre todo, porque no puede ser que nos permitas continuar tan solas.