El pasado 13 de junio se grabó, en La Corrala de la UAM, un nuevo episodio del podcast Atado y Bien Atado, bajo el título “Así no se habla: Franquismo y represión lingüística”. Conducido por Olga Rodríguez, periodista, contó con dos invitados: Jon Maia, filólogo vasco y bertsolari, y Luisa M. Rojo, Catedrática de Lingüística en la UAM y directora del centro MIRCo-UAM.
En este podcast se abordaron cuestiones tan relevantes como la represión lingüística o las resistencias que se organizaron para mantener el uso de las lenguas propias durante el Franquismo. Mediante breves audios de diferentes personas, se ejemplificaron y se evidenciaron diferentes muestras de estos hechos, que reproducimos a continuación.
La represión lingüística durante el Franquismo fue una política de Estado, un hecho que permeó a toda la sociedad y los territorios del estado. Para entender las raíces de esta política de estado, Laura Villa (profesora de la UAM y miembro de MIRCo) analiza el alcance de las políticas de uniformidad lingüísticas, llegando a afectar hasta a los nombres de las personas. El castellano, argumenta, constituye el pilar esencial del Franquismo, como motor para darle fuerza al proyecto imperial del Franquismo, que anhelaba una “unidad universal” con Hispanoamérica y que luego se usaría para tratar de configurar un “bloque internacional” basado en la superioridad de España y de su variedad castellana sobre las naciones hispanohablantes.
Luz Pichel (catedrática de Lengua y Literatura) reflexiona sobre la supuesta “dignificación” de la lengua gallega. Contra los prejuicios que argumentan que la lengua gallega era bruta, asilvestrada, pero diversa y con un marcado carácter de clase, argumenta que es precisamente ese carácter popular la que pone en valor la resistencia lingüística de la población gallega: la lengua se convierte, así, en en un acto de resistencia.
En este sentido, Luisa M. Rojo subrayó el papel de la lengua en la política económica franquista. Con la liberalización económica de la década de los 50 y la necesidad de la mano de obra para trabajar en la boyante industria urbana, sobre todo en Catalunya y Euskadi, la lengua sirvió como elemento normalizador—el campo deja de ser el reservorio moral de la patria para ser el espacio asociado al “paleto” o al atraso. De esta manera toma forma la clasificación de lenguas “de primera” y “de segunda”; el castellano, y las demás.
En esta línea, Pastora Filigrana (abogada laboralista) también arroja luz sobre la lengua caló, la lengua del pueblo gitano, vocabulario que ha perdurado hasta hoy como remanente de la lengua romanó, perseguida durante siglos. Si bien no hubo una persecución específica, su vocabulario sí que fue motivo de represión, por estar asociada al pueblo gitano y reflejar pertenencia al mismo. Hasta el 1981, esta política estuvo en vigor, si bien, a día de hoy y a pesar de contar con palabras extendidas y reconocidas por la RAE, el caló sigue siendo un importante marcador social.
Jon Maia ilustra muy bien cómo el euskera ha sorteado algunas de las dificultades impuestas por el Franquismo. El invitado al podcast argumenta cómo su padre, zamorano, aprendió euskera en una escuela clandestina, que luego sirvieron de precedente de las ikastolas.
Jaume Claret (historiador y profesor en la Universitat Oberta de Catalunya) recuerda las historias de su madre, gallega, y de su padre, catalán. Ambos contextos, diferentes geográficamente, tienen en común la imposición del castellano por encima de sus lenguas maternas. Sin embargo, él recuerda la figura del maestro Esteve Camprobí, profesor que mantuvo la lengua catalana en sus clases, como ejemplo de espacios cerrados donde las lenguas propias se empleaban con relativa normalidad.
De hecho, Luisa M. Rojo argumenta que existen ciertos elementos que sirven como resistencia ante la represión lingüística. Primero, debe mantenerse en los hogares, pero también salir de ellos. En el contexto franquista, que llegaba a extender su vigilancia al entorno familiar, el mero hecho de conservar la lengua es ya un hecho de resistencia. Así surgen “islas”, donde la lengua no se reemplaza.
Para ilustrar este hecho, Jacqueline Urla (antropóloga y miembro de MIRCo) recuerda su investigación realizada en los 80 en Usurbil (Guipuzkoa), donde la población hablaba euskera como lengua materna. Argumenta que la represión lingüística del franquismo era un elemento clave en la configuración lingüística del pueblo, que imponía la idea de que el euskera era una lengua que no debía ser hablada, por ser “una lengua sin cultura”. Aún así, esa cultura de represión fue sorteada por numerosos intentos por preservar la lengua, como refleja el programa de Euskadi Irratia Landaberri, que permitía que la población se expresara en euskera en el espacio público, como programa que daba espacio a la diversidad de la lengua euskalduna.
En segundo lugar, Luisa señala también el elemento informal de las resistencias lingüísticas, que se construyen desde abajo. Señala dos etapas para entender este proceso: durante los años 40, el primer Franquismo, donde eran menos visibles, y a partir de los 60, donde empezaron a florecer. Las más importantes son las que mantuvieron vivas las lenguas y generaron materiales y productos culturales, que facilitan que ahora se den situaciones de resurgimiento de algunas de ellas. Ejemplos de estas dinámicas son las clases clandestinas de idiomas, que fueron numerosas en Euskadi y fueron los antecedentes de las ikastolas; la fundación de editoriales que editaron obras y manuales de lenguas, como la editorial Galaxia en Galicia; la Iglesia, la música, el teatro, la diáspora… Todo este conglomerado de pequeñas resistencias permitió que hubiera personas ancladas a esas lenguas. Sin embargo, este proceso no fue igual para todas: algunas lenguas como el extremeño o el aragonés no siguieron ese proceso.
Algunos obstáculos vigentes entonces continúan vivos a día de hoy. Las lenguas cooficiales se siguen viendo como ajenas por la población, la educación no ataja los prejuicios lingüísticos vigentes, etc.
Finalmente escuchamos a Guillermo Laseca, cantautor en aragonés, que señala que el aragonés fue especialmente golpeado por esa política de uniformidad lingüística. Al haberse roto la transferencia familiar de la lengua, esta lengua perdió una gran base de hablantes nativos, que se complementó con la eliminación de la lengua en la educación. No fue hasta el Primer encuentro de la música popular, organizado en Zaragoza en 1973, que en Aragón se escuchó la lengua fuera del absoluto secreto. Desde entonces, las entidades que promueven el uso de la lengua han crecido y se han expandido, pero la extinción es un miedo que sigue asolando a esta comunidad.
Si queréis conocer más, os recomendamos escuchar el episodio “Así no se habla”, del podcast Atado y Bien Atado. Se encuentra disponible en la web de eldiario.es y en las principales plataformas.