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La (socio)lingüística queer: ¿qué es?, ¿cómo se hace?, ¿existe realmente?

Daniel Amarelo es investigadore y docente en Sociolingüística, Estudios LGBTIQ y Gallego-Portugués tanto en la Universitat Oberta de Catalunya (UOC) como en la red de Escuelas Oficiales de Idiomas (EOI) de Galiza. Activista queer y en defensa de las lenguas minorizadas.

“¡Ah!, ¿así que estudias cómo hablan los maricones?” Esta es quizás la respuesta más común cuando una persona dice que investiga en lingüística queer. Otra respuesta posible (y probable) proviene del propio mundo de la academia: “¡Eso no es ciencia, no haces lingüística! En todo caso será antropología, sociología o estudios de género”. En definitiva, la lingüística queer no es nada (serio) ontológicamente, es demasiado imparcial epistemológicamente porque se dedica a aspectos “identitarios”, es dependiente teóricamente de otras disciplinas y, metodológicamente, es demasiado fluida, inconsistente, escapadiza a determinados patrones de la pesquisa positivista. O eso dicen.

Sin embargo, el término paraguas lingüística queer captura un campo de estudio que analiza las relaciones entre lengua, género y sexualidad en la actualidad, con grupos y proyectos de investigación, tesis doctorales, cursos monográficos y publicaciones científicas en diferente formato a lo largo del Globo, y por supuesto un interés que trasciende el ámbito universitario. Es más, podríamos decir, si nos circunscribimos a las primeras publicaciones que marcaron la emergencia de este campo de saber, que acaba de cumplir treinta años. Esto es, evocando una expresión un poco foucaultiana, tiene todas las de la ley (y un poco de crisis de los treinta). A pesar de este arraigo, sigue existiendo una cierta deslegitimación de la lingüística queer, tanto fuera como dentro de la academia, muchas veces a causa de la ignorancia. Siempre tememos aquello que no conocemos y, todavía más importante, tememos aquello que puede poner en cuestión nuestros privilegios. Antes de que cristalice su potencial deslegitimación, aprovechando la actual ventana de oportunidad, este post pretende introducir la (socio)lingüística queer a través de sus principales definiciones, prácticas, figuras y desafíos de futuro.

Qué (no) es

La lingüística queer podría definirse como el estudio crítico, de carácter lingüístico y discursivo, de la cisheteronormatividad (Motschenbacher, 2011; Bengoechea, 2015): el régimen que estipula el carácter hegemónico (normativo) y disciplinario de la masculinidad, de la heterosexualidad y de los roles de género binarios y jerarquizados. Por tanto, un primer elemento que debemos desmentir es el siguiente: no, la lingüística queer no se ocupa de estudiar (exclusivamente) el habla de las personas identificadas como LGBTIQ+. Es verdad que, especialmente durante el siglo XX, hubo interés tanto popular como especializado en abordar cómo se comunicaban sujetos emergentes en el campo social: los glosarios y diccionarios de términos “homosexuales”, los códigos de colores en rituales de encuentro entre hombres que tienen sexo con hombres o los rasgos pragmáticos adscritos a las lesbianas fueron algunos de estos focos que primero seleccionaban a individuos “particulares” y después atribuían códigos comunicativos.

De forma diferente, si consideramos que la (socio)lingüística queer es la aplicación de las teorías queer al estudio de la lengua en sociedad (Barrett, 2002) debemos atender al impacto de los años 1990 en las discusiones sobre el género. Solemos considerar que las teorías queer emergen en los últimos años de la década de 1980 e inicios de 1990, con autoras como Teresa de Lauretis, Eve Kosofsky Segdwick, Gayle Rubin o Judith Butler. Rápidamente, estas ideas se extendieron a la lingüística de corte sociocultural y antropológico que se estaba gestando en los Estados Unidos, con libros pioneros como Beyond the Lavender Lexicon: Authenticity, Imagination and Appropriation in Lesbian and Gay Language de William Leap (1995) y Queerly Phrased: Language, Gender, and Sexuality de Anna Livia y Kira Hall (1997) que, junto a las conferencias y posteriores actas sobre Women and Language de Berkeley, inauguran el campo de la lingüística queer. Más que en equivalencias lógicas entre categorías preestablecidas (mujer, hombre gay) y rasgos lingüísticos (amplio abanico de adjetivación, “gay lisp”), pasamos a explorar los efectos de los actos de habla y su poder en la interacción. Esto es, no es por ser gay que una persona va a tener una <s> más “serpentina”, sino que seguramente esa producción sibilante cambie si la persona en cuestión está hablando en un bar con amistades o delante de un abogado durante un juicio. Igualmente, un hombre heterosexual podría usar ese sonido para ridiculizar o para performar feminidad, por ejemplo. Así, como muy bien resume Rodrigo Borba, “as  identidades  sexuais  são  abordadas,  na  LQ,  como produtos/efeitos  de práticas   socioculturais   locais   que   somente   podem   ser   verificadas   através   de   estudos etnográficos  que  analisem,  através  de  uma  descrição  densa  (Geertz, 1989),  as  performances (corporais   e   linguísticas)   situadas   dos   indivíduos” (2015: 99).

Si una drag queen (asignada hombre al nacer) podía usar el lenguaje para construir la feminidad delante de su audiencia durante un show, importaba considerar la performatividad: el proceso mediante el cual al decir cosas, hacemos esas mismas cosas. Al decir “yo os declaro marido y mujer” (un ejemplo muy querido para la normatividad cisheterosexual), el cura convierte, por medio de sus palabras, a las personas contrayentes en personas casadas. Pero vayamos un poco más allá. Constantemente las personas asignadas como ‘hombre’ hablan con voz grave, así que un artista drag king que quiera mostrar masculinidad usará una voz grave con el objetivo de performar dicha masculinidad, a su vez reforzando la idea de que determinados tonos son característicos de determinado género (en una repetición constante que acaba por fosilizarse).

Por otro lado, si un hombre gay con alta reputación profesional cambiaba sus sibilantes o el tipo de léxico empleado en función del contexto, desde el domicilio privado con amistades hasta la consulta médica con pacientes, importaba analizar la indexicalidad. Esto es, el proceso semiótico mediante el cual determinadas formas lingüísticas (un diminutivo, una variedad lingüística) señalan – son índices – a determinados estilos e identidades (la bicha mala, el paleto de pueblo, etc.). En otras palabras, los signos que utilizamos apuntan hacia determinadas categorías sociales, del mismo modo que muchas personas construyen ideas sobre una persona cuando la escuchan hablar con determinado acento. En este sentido, las relaciones indiciales que conectan rasgos lingüísticos con estilos e ideas de hablantes constituyen un motor muy importante para las ideologías lingüísticas (p. ej., “si dice amorch, con <ch>, es queer”). Además, esas categorías sociales existen gracias al discurso, tal y como el género es la reiteración estilizada de gestos y prácticas que, mediante su insistencia (es un niño vs. es una niña, por ejemplo) acaban fosilizando en comportamientos y, a su vez, en identidades.

Sin embargo, los estilos no pertenecen esencialmente a identidades y los rasgos lingüísticos y las etiquetas pueden en muchas ocasiones ser apropiados, parodiados, exagerados, resignificados. La iterabilidad – la tercera gran noción del triángulo que nos permite comprender la lingüística queer – hace que cualquier signo necesite poder repetirse para funcionar como signo, como teorizó Derrida. Pero, al mismo tiempo, esa repetición en otros contextos, por otres hablantes, con intenciones diversas, deja siempre un espacio para la diferencia: un enunciado puede fallar, puede parodiar, puede ser transformado al ser reutilizado en la interacción (pensemos en la palabra queer, por ejemplo). Como bien nos enseñó la recién fallecida Deborah Cameron, una de las figuras pioneras y más importantes de los estudios de lengua, género y sexualidad, los hombres cisheterosexuales también pueden usar los recursos lingüísticos generalmente vinculados con géneros y sexualidades minorizadas. En su estudio de 1997 muestra como un grupo de frat boys en un campus universitario estadounidense critican a un compañero de clase de forma homófoba pero, paradójicamente, usando un lenguaje que podría ser considerado tradicionalmente “femenino” que les permite construir discursivamente su identidad grupal.

En conclusión, la lingüística queer llegó y mandó parar: dijo no al esencialismo de género de algunas investigaciones previas sobre lo que se denominó el “habla de las mujeres” (que en ocasiones reificaba una narrativa de los hombres son de Marte y las mujeres de Venus), al mismo tiempo que dijo no a las limitaciones de la sociolingüística tradicional de corte variacionista que pasaba el rodillo de las categorías sociales como dimensiones macro, unitarias y universales. La lingüística queer releyó a Foucault, Derrida, Austin y continuó leyendo a autoras como Butler o Robin Lakoff para analizar las prácticas sociales situadas de sujetos hablantes que, más allá de las etiquetas impuestas por la modernidad sexual, hacen cosas con palabras y, muy importante, con sus cuerpos.

Aproximaciones diversas, mestizas, no lineales

Como he comentado más arriba, aunque originalmente bebió mucho de la lexicografía y un poco de la pragmática (lingüística lavanda), la lingüística queer es un entramado indisciplinado de disciplinas diversas: incluye feminismos, antropología lingüística, sociolingüística crítica, aproximaciones postestructuralistas al lenguaje, estudios (críticos) del discurso, lingüística aplicada, lingüística sociocultural, estudios de género y sexualidades, estudios de corpus, (socio)fonética, etc. Dependiendo de los intereses investigadores de cada persona y de la latitud en que se encuentre, podríamos etiquetar como lingüística queer muchos estudios llevados a cabo desde espacios curriculares distintos. Aquí emerge otro elemento que debemos desmentir: no, la lingüística queer no se encarga (exclusivamente) del lenguaje inclusivo y/o no binario. Aunque es un tema que ha ocupado mucho espacio en los debates sobre lengua, género y sexualidad, especialmente en Europa y en contextos de lenguas románicas, hay más vida más allá del código.

En este caso, me interesa mantener el término con paréntesis – (socio)lingüística queer – no sólo porque mi investigación se encuadre dentro de la sociolingüística crítica etnográficamente informada, sino porque tipográficamente nos muestra la relación tan estrecha que se ha dado entre el quehacer lingüístico y las teorías sociales críticas. En particular, creo que sería honesto que la sociolingüística – si se quiere, “generalista” – reconociera cómo las luchas sexo-genéricas, sus teorías y prácticas disidentes, han enriquecido la caja de herramientas que utiliza, desde la agencia hasta el embodiment, pasando por la interseccionalidad.

            No por casualidad, son las sociolingüistas feministas quienes dan el pistoletazo de salida y, por lo que parece, quienes continúan el campo actualmente en diferentes latitudes. Sólo en caso de Galiza podemos ver una genealogía particular, pero muy ilustrativa. En 1977 la feminista histórica María Xosé Queizán publica A muller en Galicia: a muller na sociedade galega, a lingua galega e a muller (análise estructural de dous métodos represivos), el mismo año que sale a la luz el manifiesto proto-interseccional de Combahee River Collective en Estados Unidos sobre feminismo negro, y que Maria-Mercè Marçal desde Cataluña nos regala su poema “Divisa”. Queizán considera teorías de la economía política del lenguaje (por ejemplo, Rossi-Landi) para teorizar el papel de la mujer en la sustitución lingüística, como transmisora de pautas culturales de la familia burguesa. En esa obra, Queizán critica el término “lengua materna”, defiende una socialización lingüística múltiple y, como después reflexionará Lluís Aracil, conecta la diglosia con el machismo en una articulación de la triple opresión de las mujeres gallegas (por clase, por género y por lengua/nación). Con las nuevas visiones sobre el género, emergen autoras contemporáneas como Teresa Moure, Olga Castro o Virginia Acuña que sientan las bases para un análisis posestructuralista de lengua y género con atención a la situación sociolingüística gallega. Más tarde, investigadoras emergentes como Noemi Basanta, Daniel Amarelo o Vera Santomé consideran también el impacto de la sexualidad y de lo queer desde perspectivas de la sociolingüística interaccional y de la etnografía lingüística.

Esta reflexión nos lleva a considerar un aspecto principal: el proceso de expansión a países y centros de investigación más allá de la hegemonía anglosajona (Estados Unidos y Reino Unido). Durante la última década hemos visto que la lingüística queer ha hecho gala de su apellido para intentar destrincar las normatividades que conviven en todo espacio intelectual y social. A medida que se ha ido consolidando en diferentes países, hemos visto que la lingüística queer muestra sus costuras: posee centros y periferias, no es ajena a los desafíos epistemológicos de la decolonialidad, está sujeta como campo de estudio relativamente precario al movimiento de retroceso global y ensaya resistencias y emancipaciones derivadas de los nuevos medios en redes cada vez más transnacionales. Estudios recientes apuntan a la desatención histórica de la lingüística a sujetos trans y no binarios, racializados y discapacitados, así como a prácticas y artistas drag o incluso al estandarte tan invisible de la normatividad (hombres cishetero), con académiques como Lal Zimman, Lex Konnely, Ariana Steele, Rodrigo Borba, Iran Ferreira de Melo, Ernesto Cuba, Vincent Pak o J. Calder. Como recoge Calder en su artículo de 2020, la lingüística queer está caminando más allá de contextos de lengua inglesa y occidentales (globalización); más allá de hablantes cisheterosexuales para incluir a personas trans y no binarias y, así, iluminar “the way speakers existing at the ideological margins negotiate the tension between normative ideological gender structures and emergent agentive practices” (Calder 2020: 443); y más allá de análisis unimodales y monoglósicos al comprender el lenguaje como sistema semiótico multimodal, atravesado por el cuerpo.

No obstante, podríamos asegurar que la asignatura pendiente de la lingüística queer tiene que ver con las lenguas minorizadas y las variedades lingüísticas amenazadas. La desigualdad sociolingüística basada en la distribución de recursos y capitalización jerarquizada de les hablantes y sus lenguas no ha sido prácticamente considerada en el campo, a pesar de que voces como Holly Cashman, John Walsh o Michael Hornsby hayan alzado la voz contra esta dinámica en los últimos años. Como sabemos que la ausencia de una política lingüística es en sí misma toda una política, no deja de llamar la atención que tanto los eventos como las revistas científicas de la lingüística queer estén dominadas incuestionablemente por un cierto – aunque discreto – English-only. Mediante recursividad fractal (Irvine & Gal, 2000), podemos decir que la incipiente lingüística queer “hispánica” (¿?) puede repetir estos sesgos al no interrogar críticamente aquello que llamaré “nacionalismo metodológico” de los estudios LGBT+ y queer españoles que, más por omisión que por acción, vehiculan ideologías lingüísticas panhispánicas, territorializantes y monoglósicas (“estudios cuir en español”).

¿Una emergencia entusiasta para un público ausente?

Más allá de nuestras obsesiones queer con la crítica constante, en el universo académico del Estado español existen algunos problemas estructurales muy importantes que cabe mencionar (¡y solucionar!). La ausencia de cursos de grado y posgrado, bien como de otros espacios curriculares, que aborden las relaciones entre lengua, género y sexualidad condenan al campo de la lingüística queer a una precariedad crónica. A pesar de que conceptos como performatividad, estilo, prejuicio u orgullo representen costuras importantes del discurso en sociedad, gracias a su desarrollo dentro los estudios de género y sexualidades, muchos continúan obviando cómo enriquecen el análisis lingüístico. Hace poco, en una conferencia internacional de lingüística en Madrid de corte hispánico, tuvo lugar un simposio sobre aproximaciones queer al lenguaje en la Península Ibérica. A pesar de que al principio nos congratulamos de la presencia ingente de personas jóvenes y “scholars emergentes, pasamos rápidamente de la delusion a la desilusión. La práctica total ausencia de personas senior era un símbolo de la falta de apoyo y capitalización a estas investigaciones, que muchas veces acaban, con suerte, cuando se acaba la tesis doctoral. De este modo, se va creando un efecto nicho preocupante porque nos lleva de regreso al inicio de este texto: “¡Ah!, ¿así que estudias cómo hablan los maricones?”. Y esos maricones – y lesbianas y tranas y aliades – acaban sin hablar con nadie porque no tienen ni interlocutores ni financiamiento ni redes donde su trabajo pueda florecer.

Hay, sin embargo, motivo para la esperanza. ¡Perseveremos! Hagamos red y demos atención a los trabajos pioneros sobre lingüística queer en el Estado español (Jaime Altuna, Miren Artetxe, Garbiñe Bereziartua, Sara Engra, Nacho Esteban, Emma Machado, Carles Navarro Carrascosa, Jone Miren Hernández, Onintza Legorburu, Bel Olid, etc.), sin invisibilizar a las naciones sin Estado y a las lenguas minorizadas donde las reflexiones sobre lengua, género y sexualidad nos obligan a retrotraernos a las décadas de 1970 y 1980. En aquel momento no hablábamos de interseccionalidad, no citábamos a Butler, no nos llamaban woke. Pero sabíamos del carácter subrepticio de la desigualdad sociolingüística. Como lo saben ellos, quienes, como se muestra en este cartel electoral de VOX en contra de la oficialización del asturiano, juntan nacionalismo español, monolingüismo, masculinidad y heterosexismo. Metámosle la lengua a la lingüística queer, porque falta nos hace. Y, sobre todo, no nos olvidemos de qué lengua(s) metemos (desigualdad sociolingüística) o la lingüística queer quedará incompleta.

REFERENCIAS

Barrett, R. (2002). Is queer theory important for sociolinguistic theory? In K. Campbell-Kibler  et  al.  (Eds.), Language  and  Sexuality:  Contesting  meaning  in  theory  and  practice (pp. 25-43). CSLI Press.

Bengoechea, M. (2015). Lengua y género. Síntesis.

Borba, R. (2015). Linguística queer: uma perspectiva pós-identitária para os estudos da linguagem. Entrelinhas, 9(1): 91-107. https://doi.org/10.4013/10378

Calder, J. (2020). Language, gender and sexuality in 2019: interrogating normativities in the field. Gender and Language, 14(4): 429-454. https://doi.org/10.1558/genl.18634

Cameron, D. (1997). Performing Gender Identity: Young Men’s Talk and the Construction of Heterosexual Masculinity. In Johnson, S. & Meinhof, U. H. (Eds.), Language and Masculinity (pp. 47-64). Oxford: Blackwell.

Irvine, J. T. & Gal, S. (2000). Language Ideology and Linguistic Differentiation. In P. V. Kroskrity (Ed.), Regimes of language: Ideologies, polities, and identities (pp. 35-84). School of American Research Press.

Leap, W. L. (1995). Beyond the Lavender Lexicon: Authenticity, Imagination and Appropriation in Lesbian and Gay Language. Gordon & Breach Publishers.

Livia, A. & Hall, K. (1997). Queerly Phrased: Language, Gender, and Sexuality. Oxford University Press.

Motschenbacher, H. (2011). Taking  queer  linguistics  further:  Sociolinguistics  and critical  heteronormativity  research. International  Journal  of  the  Sociology  of  Language, 212, 149-179.

Queizán, M. X. (1977). A muller en Galicia: a muller na sociedade galega, a lingua galega e a muller (análise estructural de dous métodos represivos). Ediciós do Castro.

Esta contribución se enmarca en el proyecto de investigación recientemente finalizado EquiLing, bajo su subproyecto “Los nuevos hablantes en tanto que agentes de transformación sociolingüística en Cataluña” – EquiLing-CAT (PID2019-105676RB-C43), financiado por el Ministerio de Ciencia e Innovación. EquiLing investiga cómo las lenguas contribuyen a crear y reproducir desigualdades sociolingüísticas y cómo les hablantes pueden desarrollar conciencia crítica y agencia para transformarlas, combinando teoría sociolingüística e investigación-acción. A través de metodologías colaborativas y etnográficas en espacios educativos y sociales de Galicia, Cataluña, el País Vasco y Madrid, busca fomentar una ciudadanía lingüística inclusiva y un orden sociolingüístico más igualitario.