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En el corazón de Huixtán: comunidad, duelo y canto en tsotsil. Cuaderno de viaje 5

María Luisa de la Garza, Luisa Martín Rojo, Miriam Rosas Báez

Esta visita y narración etnográfica se enmarca en el trabajo de investigación-acción que desarrollamos dentro del proyecto europeo ReDes_Ling: Resistir la Desigualdad Lingüística (Staff Exchanges, ref. 1011131469). Este proyecto tiene como objetivo analizar y revertir las múltiples formas de desigualdad lingüística que afectan a hablantes y comunidades minorizadas. Para ello, promovemos el intercambio entre equipos interdisciplinares de investigación académica y organizaciones sociales, con el fin de cerrar la brecha entre el conocimiento experto y las experiencias y percepciones sociales sobre el lenguaje.

Salimos al amanecer, dejando atrás San Cristóbal de las Casas en dirección a Palenque. Era el jueves 19 de junio de 2025. Atravesamos varios pequeños enclaves de resistencia y rebeldía –algunos territorios zapatistas y otros lugares con distintos movimientos en defensa del territorio o en contra del cobro abusivo de la electricidad–, hasta llegar a la cabecera municipal de Huixtán. Ahí dejamos los caminos asfaltados y, con la guía de Miriam, nos dirigimos al barrio Guadalupe Tepeyac, de la localidad de Dolores Chempil, donde se reuniría el coro de la ermita, que ese Jueves de Corpus debía realizar un servicio en el paraje de Celepat. 

En la ermita ya nos esperaban otros integrantes del coro: dos mujeres con sus maridos e hijas. Íbamos con Miriam -coautora de este texto- y Rafael, dos doctorandos que forman parte del coro y a quienes saludaron con reconocimiento y alegría, como integrantes del grupo. A nosotras nos presentaron como la maestra de Miriam, María Luisa, y como la maestra de la maestra –Luisa. Allí, Miriam se cambió de ropa y se puso el atuendo tradicional de Huixtán, confeccionado especialmente para ella por varias mujeres tejedoras de la comunidad. El vestido no era sólo una prenda ceremonial, sino un elemento que marcaba la pertenencia simbólica a la comunidad. Asistimos así a una especie de rito de paso, en el que Miriam pasaba simbólicamente a ser una de ellos: no solo parte del coro, sino también de la comunidad en la que se forma y en la que desempeña un papel activo en las ceremonias religiosas. 

Una vez que Miriam y las otras dos mujeres estuvieron listas con sus faldas, blusas y chales bordados con flores rosas y rojas, avanzamos hacia Celepat y caminamos hacia el lugar donde se celebraría la misa, una misa que cerraba el novenario por el fallecimiento de un niño de un año y pocos meses, que había muerto al parecer de una enfermedad intestinal.

Imagen 1: Miriam Rosas, guía de la actividad.

Imagen 2: El coro de la ermita de Guadalupe, de Dolores Chempil.

Una misa en medio del bosque

La ceremonia se celebró en el bosque, donde está el cementerio, en torno al sepulcro del niño. En la ladera, dispersas, se veían las tumbas. Había congregada mucha gente de todas las edades. Las mujeres y niñas llevaban el traje regional; los hombres, en su mayoría, vestían camisa y vaqueros. Las jóvenes, aunque ya no llevaban el traje tradicional, se cubrían con chales. Apenas se veían móviles, no había cobertura, y nadie grababa.

Al llegar, en fila saludamos uno a uno a quienes se encontraban allí, diciendo “buenas tardes”, nuestro nombre y un “encantada de conocerles” en español. Según supimos después, los asistentes se alegraron de que llegara el coro del barrio Guadalupe, por lo difícil de que se reuniera el día de Corpus, fiesta grande en muchas iglesias. Nos colocamos, con ellos, en un lateral. 

Imagen 3: Llegada al lugar de la ceremonia.

En el centro, frente a la tumba cubierta de esas delgadas y largas hojas de pino a las que en Chiapas llaman juncia, había una mesa que hacía de altar, decorada en su base con flores y velas. Los oficiantes eran dos tuneles, es decir, dos diáconos tsotsiles nombrados por el obispo para oficiar en comunidades indígenas, acompañados de sus esposas —una de ellas con una niña en brazos—. El tunel principal vestía una camisa blanca y una estola bordada con motivos de vivos colores. De acuerdo con lo que nos contaron, en estos parajes no suelen oficiar los curas, de quienes se dice que prefieren las parroquias grandes, tal vez porque les suelen quedar más cercanas o porque es donde obtienen más limosnas. 

Toda la comunidad rodeaba a la familia del bebé, que estaba junto a la pequeña tumba, y el altar. En la ceremonia se entrelazaban formas propias de la espiritualidad indígena y elementos del catolicismo popular, todo muy alejado de la liturgia católica tradicional de los kaxlanes (como llaman ahí a los mestizos y a los blancos). De hecho, aunque era una ceremonia de duelo (el noveno día tras la muerte), el colorido de los trajes, las flores, el verde del bosque y la música del coro transmitían también una cierta afirmación ante la vida. 

Cantos en tsotsil y en español

La finalidad del ritual no era sólo acompañar al aespíritu del bebé en su viaje, sino también empezar a cerrar el duelo en comunidad. La misa fue íntegramente en tsotsil, salvo algunas expresiones en castellano insertas en el discurso del tunel, como «Jesucristo» o «en aquel tiempo». Después del Evangelio, en un gesto de deferencia hacia las personas no indígenas —las dos profesoras y los dos doctorandos—, uno de los oficiantes se dirigió “a los que hablan castilla” y leyó el Evangelio también en español. Esa fue la única parte de la ceremonia que entendimos; no así el sermón, que fue extenso y seguramente hablaba de la esperanza en otra vida, pero quizás se apeló también al cuidado del territorio y de las comunidades, tal vez a la necesidad de justicia, de hospitales cercanos, de evitar la contaminación del agua… tal vez.

Durante la ceremonia, el coro cantó sobre todo en tsotsil, pero también algunas piezas de la liturgia católica en español. Todo fue interpretado con guitarras, sonajas y panderetas, y hubo algunos segmentos instrumentales. La coordinación era sutil: un gesto de barbilla, un levantamiento de cejas, miradas atentas a los pequeños movimientos. Lupita, cantora tsotsil de la comunidad, guiaba al conjunto en lo que respecta al repertorio, y Rafa marcaba las entradas musicales. Como amenazaba lluvia, nosotras, las dos maestras, nos situamos próximas, con el paraguas listo para cubrir a las cantoras adultas y el atril que sostenía las maltrechas páginas con la letra de las canciones. Cuando comenzó a llover, abrimos nuestros paraguas y encontramos en ese gesto una razón para ser admitidas como parte del coro.

Imagen 4: El coro en el lugar de la celebración.

La comunión la administraron los diáconos y sus esposas, y luego se leyó una larga lista de otros difuntos, quizás como parte del cierre del duelo. Después de que finalizó la misa, hubo un momento de convivencia en el lugar para acompañar al ch’ulelal (el alma del niño). Todos nos sentamos en el suelo. Los más jóvenes, obedeciendo a los gestos del abuelo —visiblemente afectado, como el padre— repartieron posh, luego refrescos de cola o “de sabor” y por último cigarrillos. Lupita, sentada al lado de Luisa, preguntó con curiosidad de dónde venía. Al responderle que de España, preguntó si los árboles eran como aquellos, si la gente era como esta. Luisa respondió que allá la gente se vestía más de oscuro y era más seca, y que los árboles eran parecidos, pero algo más pequeños. Me explicó que debía beber lo que me ofrecían, pues era un regalo del alma del bebé a los vivos, y sus reflexiones sobre la muerte hablaban de destino: “No va a volver a la vida, pero es así, no se puede hacer nada; estará en la casa y en el cementerio”, y añadió que “ahora lo que quiere el bebé es que le cantemos”.

Música para orar y para agradecer

El ritual funerario continuó en la casa de la familia, a varios kilómetros. Hubo que tomar el coche para llegar. Era una casa muy modesta, con techos bajos de uralita y al menos una pared con una grieta de consideración. La construcción principal tenía dos ambientes, pues la cocina estaba ubicada al otro lado del patio: uno, para dormir, y el otro, donde nos instalamos y seguramente había sido despejado para la ocasión, tenía el altar del pequeño difunto, con una mesa baja con dos vírgenes ataviadas con su rebozo huixteco, dos caracolas de mar, un arco de palma verde y, en el suelo, juncia, incienso, velas y flores. Sentadas en bancos largos alrededor, las mujeres nos hicieron un hueco. Ana María, la niña más pequeña del coro, nos ofreció unas sonajas –llamadas allí chaj-chaj–, que aceptamos con gusto para seguir dando sentido a nuestra presencia. 

Imagen 5: Mª Luisa y Luisa con sonajas.

Comenzó entonces una oración, en la que participaron los dos tuneles y el “principal”, un anciano rezador de un paraje vecino. Previamente habían pasado un incensario entre los presentes y habían “sembrado” 13 velas largas y esbeltas en el suelo, dispuestas en dos filas, con ramilletes de flores rojas a los lados, y cuatro veladoras más detrás. La oración fue en tsotsil, con música instrumental del coro como fondo. La cadencia rítmica era casi hipnótica. Luego, el “presidente” de la ermita del poblado pronunció un discurso, en el que entendimos que hablaba de que había lugar para todas las religiones, que todos tenían aquí cabida, y es que, según nos explicó Miriam después, no sólo podían estar presentes familiares que profesaran otros credos, sino que, en general, aunque algunas personas no fueran católicas, seguían esta ritualidad en honor a los difuntos. También hablaron el papá y uno de los abuelos del niño. Con voz entrecortada,  agradecieron a los tuneles, al principal, al coro y a todas las personas presentes, e invitaron a pasar al patio a comer. Ahí, una mujer mayor sentada a nuestro lado, nos habló en tsotsil, y al ver que no podíamos entenderla, preguntó: “¿Y ustedes de qué comunidad son?” No teníamos traje tradicional, no hablábamos la lengua; no sabía ubicarnos y nosotros titubeamos para responderle.

Imagen 6: Altar ceremonial.

En el patio, bajo lonas y dispuestas en dos filas con bancos corridos a los lados, estaban las mesas, cubiertas con plástico. Las mujeres más jóvenes comenzaron a sacar la comida: tortillas, horchata, salsas y un guiso de carne de res. Nos sentamos entre el coro y los tuneles, y compartimos con ellos lo que era un primer turno de comida. Alrededor, se sentaron más personas para un segundo turno, mientras los perros del lugar, flacos, casi famélicos, se iban acercando discretamente esperando algún trozo de carne. Uno de los tuneles, el principal, era un hombre elegante, conocido por su cercanía al zapatismo. Conversamos con ellos sobre las lenguas que hablaban, y supimos que en sus matrimonios había hablantes de tsotsil y de tseltal, las dos lenguas que predominan en la región de Los Altos de Chiapas. 

Imagen 7: Comida conjunta de todos los asistentes.

Terminada la comida, el coro regresó a la habitación donde estaba el altar. Cantaron unas últimas piezas, obras habituales en el catolicismo posconciliar a uno y otro lado del Atlántico, como “Tú has venido a la orilla” y “Adiós, Jesús querido”. Participamos también en ese cierre. Después de que los músicos guardaron sus instrumentos, nos despedimos uno a uno de los presentes, deseando que estuvieran bien, o que se cuidaran. Todos se dirigían a nosotras en español. 

Imagen 8: Las visitantes con el coro. 

La música, mediadora entre colectivos diferenciados

En la puerta nos despedimos de la joven madre del bebé, que parecía a punto de desmoronarse. El abuelo, organizador de todo, agradeció al coro y quiso entregarles un dinero que no aceptaron. La familia ya se había hecho cargo de un taxi en el que se trasladaba parte del coro; no había necesidad de más. Emprendimos el regreso a la ermita de Guadalupe Tepeyac, donde las mujeres se cambiaron y volvimos a San Cristóbal.

La música resultó ser un elemento central en la ceremonia; canal de comunicación con lo espiritual, pero también elemento social que expresaba la cohesión del grupo. Por ello la satisfacción de que llegaran; con ellas y ellos, la comunidad estaba simbólicamente completa y parecía que facilitaran el tejido de una red de cuidados mutuos. De hecho, eran sorprendentes la generosidad y la sobriedad de todas las personas que participaron. Y es que la música, tanto instrumental como vocal –nos ilustró Miriam–, es un medio de comunicación con quienes han dejado esta dimensión y habitan en otro plano del universo, así como con los seres cuidadores del entorno, como Dios y los “dueños” de las cuevas y los cerros; y también, por supuesto, con la comunidad humana que acompaña las celebraciones del ciclo de la vida y la muerte con su presencia, trabajo y cuidado.

En un mundo lleno de carencias materiales, los lazos y el acompañamiento comunitario eran profundamente visibles. Se trataba, por supuesto, del bebé, pero también de reforzar la pertenencia mutua. Quien ha muerto continúa su vida desde otro plano, sigue comunicándose y siendo parte de la comunidad; quienes llegan de fuera pueden, por unas horas, ser acogidas en ella. En ese equilibrio entre duelo y celebración, entre palabras y silencios, entre cantos en tsotsil y gestos que guían, se teje una forma distinta de estar en el mundo.